domingo, 1 de julio de 2012

Sermon predicado el dia 27 de Mayo del 2012- Iglesia Presbiteriana Jesus El Buen Pastor, Palestina.


PENTECOSTES



 Hechos 2:1-21.

EXÉGESIS:



HECHOS DE LOS APÓSTOLES DE LUCAS: PENTECOSTÉS EN EL CONTEXTO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES DE LUCAS.



Lucas escribió ambos, el Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles – el Evangelio siendo la historia de Jesús y Hechos siendo la historia de la temprana iglesia. Es una lástima que los dos libros estén separados en el Nuevo Testamento por el Evangelio de Juan, porque si pusiéramos los Hechos directamente después de Lucas nos ayudaría a ver como lucen uno al otro –como los Hechos de los Apóstoles sigue donde termina el Evangelio de Lucas. Esto es significante para la historia de Pentecostés, porque el primer Pentecostés cristiano está profundamente enraizado en el Evangelio de Lucas:



- Podemos pensar que el primer Pentecostés cristiano empezó, no con las palabras, “Y como se cumplieron los días de Pentecostés” (Hechos 1:1), sino con las palabras del ángel a María, “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra” (Lucas 1:35). El Espíritu responsable por el nacimiento de Jesús es también responsable por el nacimiento de la iglesia. El nacimiento de la iglesia en Hechos 1-2 paralela el nacimiento de Jesús en Lucas 1-2.



- El regalo del Espíritu Santo en Hechos 2 cumple la profecía de Juan Bautista en el Evangelio de Lucas, “Os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lucas 3:16).



- El Espíritu que llena a los discípulos (Hechos 2:4) es el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús en su bautizo (Lucas 3:22).



- Jesús comenzó su ministerio lleno del Espíritu (Lucas 4:1), igual que la iglesia (Hechos 2:4, 38).



- Jesús les dijo a los discípulos que no se preocuparan sobre qué dirían cuando aparecieran frente las autoridades, porque el Espíritu les enseñaría (Lucas 10:11-12) – una profecía que veremos cumplida en Hechos (4:8, 5:29-32; 6:10; 7:1-55; 13:46-47; 16:35-39; 21:37 – 22:39; 23:6-10; 24:10-21; 25:1-12; 26:1-32; 28:23-30).



















CAPÍTULO 2: JUNTOS EN UN LUGAR.



Pentecostés es el día que la iglesia celebra su nacimiento y el regalo del Espíritu Santo.



La lectura para esta semana (vv. 1-21) es la primera mitad de la historia de Pentecostés, e incluye la primera parte del sermón de Pedro. Los versículos subsiguientes (vv. 22-36) contienen el resto del sermón, y concluye con la acusación, “Sepa pues ciertísimamente toda la casa de Israel, que a éste Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo. Entonces oído esto, fueron compungidos de corazón, y dijeron a Pedro y á los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Y Pedro les dice: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (vv. 38-39). Tres mil personas responden a esta invitación y son bautizadas (v. 41). Nuestra lectura para esta semana no incluye “el resto de la historia,” como diría Paul Harvey, pero no podemos serle justos a esta lectura si no sabemos adónde va la historia.



Al ocurrir este sermón, Pedro aún no está convencido de traer gentiles a la iglesia excepto a prosélitos (véase Hechos 10). Sin embargo, en v. 17 y 39, dice más de lo que sabe. La iglesia pronto se abrirá a “toda carne” (v. 17) – a “para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (v. 39) – a judíos y gentiles, mujeres y hombres, negros y blancos, esclavos y aquéllos en libertad. En ese momento, Pedro pretende que su sermón sea solo para judíos – judíos de todo el mundo, incluyendo prosélitos – pero solo judíos.





VERSÍCULOS 1-4: VIENTO Y FUEGO.

1Y como se cumplieron los días de Pentecostés (griego: sumplerousthai – fueron cumplidos), estaban todos unánimes juntos; 2Y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría (griego: pnoes – viento, aliento), el cual hinchió toda la casa donde estaban sentados; 3Y se les aparecieron lenguas repartidas (griego: glossai), como de fuego, que se asentaron sobre cada uno de ellos. 4Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas (griego: glossais), como el Espíritu les daba que hablasen.



Lucas empezó su Evangelio con la historia del nacimiento de Jesús. Empieza el libro de Hechos con la historia del nacimiento de la iglesia. Primero vino el Mesías; ahora viene el Espíritu Santo.



“Y como se cumplieron los días de Pentecostés (griego: sumplerousthai – fueron cumplidos)” (v. 1). El “cumplimento” es importante aquí. Jesús prometió, “Seréis bautizados con el Espíritu Santo no muchos días después de estos” (Hechos 1:5). Ahora, su promesa está cumplida.



Pentecostés también es conocido como el Festival de la Cosecha. “No es accidental, por supuesto, que el nacimiento de la iglesia, esta gran ‘cosecha’ de almas, ocurriera en este importante festival” (Cousar, 329).



Pentecostés también es conocido como el Festival de Semanas. Lev. 23:15-21 requiere que judíos observen el Festival de Semanas cincuenta días después de ofrecer la gavilla de cebada en el Festival del Pan Ácimo. Específicamente, “Hasta el siguiente día del sábado séptimo contaréis cincuenta días; entonces ofreceréis nuevo presente a Jehová” (Lev. 23:16). Así fue como el festival se llegó a conocer como el Festival de Semanas porque, al contar, eran siete sábados – siete semanas – una semana de semanas. Num. 28:26-31 y Deut. 16:9-12 proporcionan detalles de las ofrendas que serían ofrecidas y las personas que se deberían incluir.



La palabra griega “Pentecostés” significa cincuenta. Esto refleja el contar los cincuenta días. Es uno de tres grandes festivales de peregrinación (los otros dos son la Pascua y el Festival de Tabernáculos), al que los judíos que viven cerca de Jerusalén deben asistir y al que judíos de otras naciones peregrinan como pueden. Tanto como 180,000 personas asisten, dos-tercios de ellas son extranjeros.



Eruditos creen que, en algún momento, Pentecostés se convirtió “principalmente en una celebración del regalo de la Ley de Moisés al pueblo de Israel, (recordándole al pueblo judío) del intervalo de cincuenta días entre la Pascua en Egipto y el regalar la ley en el Monte de Sinaí” (Walaskay, 34) – pero es incierto si este significado prevalecía en el tiempo del primer Pentecostés cristiano. Paralelos entre la experiencia de Moisés y el primer Pentecostés cristiano incluyen:



- El viento y fuego de Pentecostés paralelan los truenos y relámpagos de Sinaí (Hechos 2:2-3; Exod. 19:16).



- Pedro paralela Moisés como el portavoz de Dios (Hechos 2.14-40); Éxodos

31:12).



- El hablar en lenguas, inspirado por el Espíritu, por parte de 120 discípulos en Pentecostés paralela el regalo de Dios del Espíritu en Sinaí a los Setenta que profesaron (Hechos 2:1-4; Num. 11:16-30).



- “En ambas ocasiones, hay un énfasis en la salvación del Señor y la oferta de una nueva relación entre el Señor y el pueblo (2:21, 38-39; Éxodos 19:4-6)” (Faw).



Estos eventos toman lugar en Jerusalén. “Para Lucas, Jerusalén no es solamente un lugar geográfico, pero también tiene significado teológico; es el lugar de la tentación (Lucas 4:9-13) y de la muerte (Lucas 9:31; 13:33; 18:31-32). Entonces, el camino de Jesús es hacia Jerusalén, donde sufre, muere, y resucita... En contraste, el camino de la iglesia es desde Jerusalén hacia Roma (Hechos 1:8)” (Randolph y Kingsbury, 3). La gente que está reunida en 2:1 son, supuestamente, los 120 discípulos mencionados en 1:15. La mención de una casa en 2:2 sugiere la posibilidad de que hayan regresado al cuarto de arriba. Si es así, está claro que van afuera para predicarle a la muchedumbre.



“Y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría.... Y se les aparecieron lenguas repartidas (griego: glossai), como de fuego, que se asentaron sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas (griego: glossais), como el Espíritu les daba que hablasen” (vv. 2-4). Después de la crucifixión, muchos cristianos se retiraron para esconderse y esperaron silenciosos que Dios actuara. ¡Ahora la hora ha llegado! ¡Los cielos rugen! ¡El fuego arde! ¡El Espíritu de Dios llena! ¡Los discípulos predican! ¡Muchedumbres se preguntan! “El primer regalo del Espíritu es el don del habla, la habilidad de hablar en idiomas diferentes..., y el primer fruto del Espíritu es el don de proclamación” (Willimon, 30).



Anote el juego de palabras en vv. 3-4 entre lenguas (glossai) de fuego y el hablar en otras lenguas (glossais) – una sutileza a menudo escondida en la traducción.

Viento y fuego, dos grandes símbolos de Pentecostés, testifican de la presencia de Dios entre estos discípulos:



- “Vino un ruido como una ráfaga de viento repentino (griego: pnoes – viento o aliento)” (v. 2). Durante la creación del mundo, “el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y respiró en su nariz aliento de vida; y el hombre se hizo un ser viviente” (Gen. 2:7). Entonces, Dios respiró su aliento sobre Israel, el primer pueblo de Dios, y sus huesos muertos revivieron (Ezekiel 37:7-10). Ahora, en Pentecostés, el gran viento/aliento de Dios respira vida en el nuevo pueblo de Dios – la iglesia.



- “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentaron sobre cada uno de ellos” (v. 3). En el Antiguo Testamento, Dios demostró su presencia como “dejóse ver un horno humeando, y una antorcha de fuego” (Gen. 15:17) – y “una llama de fuego en medio de una zarza” (Éxodos 3:2-6) – y “una columna de fuego” (Éxodos 13:21) – y humo y fuego en Sinaí (Éxodos 19:18) – y “un fuego abrasador” (Éxodos 24:17). Dios usó fuego para demostrar su poder y la impotencia de los profetas de Baal – y para declarar sentencia sobre los profetas de Baal (1 Reyes 18:17-40). Dios usó fuego para declarar sentencia sobre Sodomón y Gomera (Gen. 19:24) – y Egipto (Éxodos 9:23-24) – y sobre los israelitas que construyeron el  becerro de oro (Éxodos 32:20). Dios también le instruyó a Israel que hiciera ofrendas quemadas de fuego para reparar sus pecados (Éxodos 29:18). Ahora, en Pentecostés, lenguas de fuego acercan la muchedumbre a los discípulos y al mensaje que proclaman. Lenguas de fuego y hablar en lenguas son milagros que proclaman la presencia de Dios y validan el estatus de los discípulos como gente de Dios – sirviendo el gusto de Dios y por el poder de Dios.



Pedro será el gran predicador este día, pero anote el énfasis en la comunidad de fe. “Estaban todos unánimes juntos” (v. 1). “Lenguas repartidas se asentaron sobre cada uno de ellos” (v. 3). “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas” (v. 4). El regalo del Espíritu no es un regalo solo para creyentes especiales, sino que es un regalo para todos los que están dentro de la comunidad de creyentes. El ejemplo de esos primeros discípulos en Pentecostés nos ofrece lecciones para hoy:



- Pedro y los demás discípulos aprendieron las escrituras a una temprana edad. Esto le da más autoridad y profundidad a su proclamación. La iglesia hoy tiene la responsabilidad de enseñarles las escrituras a niños y adultos. En los últimos años, a menudo hemos actuado como si fuera más importante enseñar los principios derivados de las historias bíblicas en vez de las historias mismas, pero, necesitamos recuperar un profundo respeto por las historias y asegurarnos de que nuestros niños las conocen. También, en los últimos años hemos usado la frase ‘estudio bíblico’ para referirnos a cualquier tipo de estudio – el estudio de cualquier libro por algún autor cristiano – el estudio de libros como Creer y adelgazar. Raras veces nuestros estudios bíblicos tienen algo que ver con la Biblia.



- El Espíritu que le dio vida al primer Pentecostés cristiano continúa dándole vida a la iglesia hoy.



- La respuesta de la temprana iglesia a su bautizo fue dedicarse “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones” (2:42). Esto sirve de modelo de cuatro puntos, excelente para el programa de la iglesia hoy.



- Los discípulos salieron de las puertas cerradas para encontrar a la gente donde estaba. Así, la iglesia hoy debe salir de sus santuarios y confrontar a la gente donde vive.



Hablar en “otras lenguas” en Pentecostés es diferente al hablar en lenguas que Pablo describió en sus epístolas:



- En Pentecostés, el propósito de hablar en otras lenguas es la comunicación, el hacer posible que cada persona comprenda en su propia lengua. No requiere interpretación. No existe documentación de que los apóstoles usaran este don en otra parte de su obra misionaria, seguramente porque no es necesaria. La mayoría de los judíos hablaba y/o comprendía arameo y griego.



- El ‘hablar en lenguas’ al que Pablo se refiere es el habla extática que impide comunicación a no ser que se proporcione un interprete (1 Cor. 12-14). Pablo lo ve como un don legítimo, pero no como el mejor regalo y, por supuesto, no tan esencial (1 Cor. 13:1).



- “Las ‘otras’ lenguas de Pentecostés y el don de lenguas que más tarde fueron proporcionados a los creyentes tienen esto en común: ambos requerían una entrega llena de Espíritu” (Ogilvie, 65).



La cuestión es si Pentecostés se trata del milagro de hablar, oír, o ambos. Lucas nos dice que “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen” (v. 4), entonces, parece que se trata de un milagro de hablar. “Cada uno les oía hablar su propia lengua” (v. 6) sugiere que podía haber sido un milagro de oír también.

“La iglesia de Cristo todavía habla en muchas lenguas, y aunque su habla ya no es normalmente de carácter supernatural que marcó el día de Pentecostés, el mensaje es el mismo – las grandezas de Dios” (Bruce, 53).





VERSÍCULOS 5-13: LA LENGUA NATIVA DE CADA UNO.



5Moraban entonces en Jerusalén Judíos, varones religiosos, de todas las naciones debajo del cielo. 6Y hecho este estruendo, juntóse la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar su propia lengua. 7Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: He aquí ¿no son Galileos todos estos que hablan? 8¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en que somos nacidos? 9Partos y Medos, y Elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea y en Capadocia, en el Ponto y en Asia, 10En Phrygia y Pamphylia, en Egipto y en las partes de África que está de la otra parte de Cirene, y Romanos extranjeros, tanto Judíos como convertidos, 11Cretenses y Árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. 12Y estaban todos atónitos y perplejos, diciendo los unos á los otros: ¿Qué quiere ser esto? 13Mas otros burlándose, decían: Que están llenos de mosto.



Esta primera llamada a ser discípulos toma lugar para “Judíos, varones religiosos, de todas las naciones debajo del cielo” (v. 5). La hora llegará cuando Pedro proclamará Cristo a los gentiles, pero la primera llamada es para judíos (Rom. 1:16; 2:9). “Judíos ocupan el lugar central en el mundo narrativo de Lucas; por esta razón, debemos estar alertos a las sutilezas de su uso aquí. En particular, ellos son judíos ‘piadosos’” (Wall, 55-56).



“Cada uno les oía hablar su propia lengua” (v. 6). Pentecostés reversa el maleficio de la historia de Babel, en la cual “Confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra” (Gen. 11:9).



Asombrados, la gente preguntó, “He aquí ¿no son "Galileos todos estos que hablan?” (v. 7). Judea, hogar de Jerusalén, es urbana, pero Galilea está en ‘los palos.’ La muchedumbre no espera un lenguaje sofisticado de los galileos, pero eso es lo que se encuentran. “El lenguaje del Espíritu no se comunica con perfecta o celestial dicción, libre de todo rasgo de identidad humana; es el lenguaje de los particulares grupos humanos, hablado en su idioma” (Wall, 58).



Como el ruido del viento y las llamas de fuego, estas lenguas atraen la atención de la gente – reúnen a las masas. Hay algo conmovedor de oír su propio idioma mientras se encuentra lejos de su hogar. Sus oídos se afilan al oír a los discípulos hablar en la vernácula de su pueblo.



Lucas nos dice que la muchedumbre se ha reunido “de todas las naciones debajo del cielo” (v. 5), y nombra las naciones. Varias de ellas están ubicadas en la zona que hoy es Turquía o Irak. Dos de ellas, Egipto y Libia, están en el norte de África. Creta es una isla en el Mediterráneo. Menciona Judea, la provincia donde se encuentra Jerusalén, y Roma. También menciona árabes, que vendrían del este y el sur. Para ver la cantidad de naciones involucradas, mire un mapa moderno de la zona. Empiece con Roma, y siga hacia el este hasta Turquía – después, siga hacia el sur y el este por Irak y Arabia Saudita – después, siga hacia el oeste por Egipto y Libia – y después, siga hacia el norte a través del Mediterráneo hasta Roma. Verá que ha calcado un círculo con Judea y Jerusalén en el centro.



Todos están asombrados de oír sus propias lenguas. Está claro que comprenden, porque hablan de un mensaje de “las maravillas de Dios” (v. 11). Sin embargo, aunque comprendan el lenguaje, no están seguros de su significado (v. 12).



Algunos se burlan de los discípulos, diciendo, “Están llenos de mosto” (v. 13) – jugo de uva sin fermentar – vino sin alcohol. Sus burlas menosprecian a los discípulos e intentan disminuir su autoridad.







VERSÍCULOS 14-15: OÍD MIS PALABRAS.



14Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó su voz, y hablóles diciendo: Varones Judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. 15Porque éstos no están borrachos, como vosotros pensáis, siendo la hora tercia del día.



Es interesante que sea Pedro el que predica en esta gran ocasión. Solo siete semanas antes, él negó a Cristo tres veces (Lucas 22:56-62). Durante esas siete semanas, Pedro y los demás discípulos fueron transformados por sus encuentros con el Cristo resucitado. Ahora, en Jerusalén, Pedro y los discípulos están llenos del Espíritu Santo. El Espíritu es el poder detrás de este sermón. El Espíritu es responsable por la abrumadora respuesta de la muchedumbre.

“Porque éstos no están borrachos, como vosotros pensáis, siendo la hora tercia del día” (v. 15). Pedro desvía humor con humor, diciendo que es demasiado temprano en el día para estar borracho. Ésta es “la hora del rezo de la mañana, antes de la cual un judío no podría comer” – mucho menos emborracharse (Macgregor, 43).



VERSÍCULOS 16-21: HABLADO POR MEDIO DEL PROFETA



16Mas esto es lo que fue dicho por el profeta Joel:

17Y será en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros viejos soñarán sueños: 18Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. 19Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, Sangre y fuego y vapor de humo: 20El sol se volverá en tinieblas, y la luna en sangre, Antes que venga el día del Señor, Grande y manifiesto; 21Y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.



Pedro cita Joel 2:28-32, donde Joel profetizó que Dios derramaría su Espíritu “sobre toda carne” (v. 17). Pedro vuelve a interpretar las palabras de Joel para señalar a la salvación que viene a “todo aquel que invocare el nombre del Señor” (v. 21). “El propósito de todas estas manifestaciones de poder divino es abrir la puerta a la fe sin condición previa, para que cualquiera que invoque la autoridad del Señor o dirija una petición en su nombre viva renovación y transformación” (Kee y Gomes, 9).



“En los postreros días” (v. 17). “Los ‘postreros días’ empezaron con la aparición de Cristo en la tierra y serán consumados con su reaparición; son los días en que la edad venidera entra en la edad presente. Por eso vemos la seguridad con la que Pedro cita las palabras del profeta y declara ‘Éste es el momento’” (Bruce, 61).



“Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne” (v. 17). Estas palabras de Joel acogen un ancho espectro de gente – toda carne – sus hijos e hijas – sus jóvenes y ancianos – mis siervos, hombres y mujeres (vv. 17-18). Cuando dice estas palabras, Pedro todavía es un judío dirigiéndose a judíos, y su visión no es tan ancha como lo que sugieren sus palabras. En Pentecostés, Pedro cree que “todo aquel que invocare el nombre del Señor” (v. 21) significa solo los que aceptan la religión judía. En capítulo 2 el Espíritu Santo le inspira a decir cosas que abren la puerta más de lo que él comprende. Al pasar el tiempo, el Espíritu se estrechará a “toda carne,” incluyendo a los gentiles. Pedro no comprenderá esto hasta pasar por su experiencia en el tejado en Hechos 10. Literalmente, llevará un acto de Dios para ampliar su visión.



“Y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (v. 21). “Para Pedro el ‘Señor’ en el contexto de este sermón era Jesucristo. Todo lo que siguió en el sermón – la muerte de Cristo, su resurrección, su exaltación – apuntaban en la misma dirección. Quien invoque su nombre, quien le confiese como Señor, será salvado” (Pohill).



El cumplimiento de esta profecía empieza cuando tres mil personas invocan el nombre del Señor y son salvadas (v. 41). Eso será solo el principio. Estas tres mil almas son de “todas las naciones debajo del cielo” (v. 5). La mayoría de ellos, probablemente unos dos mil, son peregrinos de otras tierras. Regresarán a sus hogares, para siempre cambiados por su bautizo de Pentecostés. La chispa que llevan en sus corazones difundirá el fuego de Pentecostés por todas partes.



El fuego continúa difundiéndose. Varias iglesias de los Estados Unidos y de otras naciones occidentales mandan misionarios a países como Asia y África. Ahora, coreanos están mandando misionarios a los Estados Unidos. Viejas denominaciones se desvanecen, pero nuevas denominaciones surgen para tomar su lugar – y nuevos conversos revitalizan las viejas denominaciones. A menudo cristianos se encuentran con grandes obstáculos, pero perseveran en que “Y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (v. 21).







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BIBLIOGRAFÍA:

Barclay, William, The Daily Study Bible, The Acts of the Apostles (Edinburgh: Saint Andrew Press, 1953).


Boice, James Montgomery, Acts: An Expositional Commentary (Grand Rapids: Baker Book House Co., 1997).


Bruce, F. F., The New International Commentary on the New Testament: The Book of Acts (Revised) (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1988).


Cousar, Charles B.; Gaventa, Beverly R.; McCann, J. Clinton; and Newsome, James D., Texts for Preaching: A Lectionary Commentary Based on the NRSV, Year C (Louisville: Westminster John Knox Press, 1994).


Craddock, Fred B.; Hayes, John H.; Holliday, Carl R.; and Tucker, Gene M., Preaching Through the Christian Year, C (Valley Forge: Trinity Press, 1994).



Faw, Chalmer E., Believers Church Bible Commentary: Acts, (Scottdale, PA: Herald Press, 1993).


Ferris, Theodore P. and Macgregor, G. H. C., The Interpreter's Bible: Acts-Romans, Vol. 9 (Nashville, Abingdon Press, 1954).


Kee, Howard Clark and Gomes, Peter J., Proclamation 2, Pentecost 1, Series C (Philadelphia: Fortress Press, 1980).


Ogilvie, Lloyd J., The Communicator's Commentary: Acts (Waco: Word Books, 1979).


Pohill, John B., New American Commentary: Acts (Nashville: Broadman Press, 1992).

Randolph, David and Kingsbury, Jack, Proclamation, Pentecost 1 (Philadelphia: Fortress Press, 1975).


Walaskay, Paul, Westminster Bible Companion: Acts, (Louisville: Westminster John Knox Press, 1998).


Wall, Robert S., The New Interpreter's Bible: Acts, Romans, 1 Corinthians, Vol. X (Nashville: Abingdon Press, 2002).


Willimon, William H., Interpretation, Acts (Atlanta: John Knox Press, 1988)


domingo, 6 de mayo de 2012

SERMON EXEGETICO- Un solo rebaño, un solo pastor. Caurto Domingo de Pascua.


“Un  solo   pastor,  un  solo  rebaño”



PASAJE BÍBLICO: Juan 10:11-18



EXÉGESIS:



CAPÍTULOS 9-10: EL CONTEXTO.



El pasaje de “Yo soy el buen pastor” tiene de trasfondo la historia de un hombre nacido ciego (9:1-34). Jesús sanó al ciego, precipitando una controversia con los fariseos, quienes se negaron a creer que Jesús había cumplido un milagro e intentaron desacreditarle. Esa historia terminó con el hombre que había sido ciego testificando de Jesús y los fariseos echándole – un giro irónico en que el hombre que antes era ciego, ahora es bendecido con vista espiritual tanto como física, mientras que los líderes espirituales de Israel rehúsan ver – un hecho que Jesús incluye en su discurso de ceguedad espiritual (9:35-41).



Jesús entonces utiliza varias metáforas pastoriles de ovejas, pastores, y la puerta de las ovejas (10:1-10), identificándose como la primera puerta de las ovejas (v. 7) y después como el buen pastor (v. 11). Se contrasta con ladrones, bandidos que no entran por la puerta (v. 1) y desconocidos a quienes el rebaño rehúsa seguir (v. 5). Entonces se contrasta a si mismo con el pastor asalariado, cuya única preocupación es su propio bienestar personal (vv. 12-13).



Estas imágenes negativas (aquéllos que rehúsan ver, ladrones, bandidos, desconocidos, contratados) son metáforas que se encuentran levemente encubiertas para los fariseos que, en su encuentro con el hombre previamente ciego, se revelan a si mismos como descuidados del hombre ciego y desatentos a la verdad. Sus acciones son egoístas, y no tienen nada que ver con el amor para Dios o para el hombre. El hombre que antes era ciego ahora ve claramente – y ve que Jesús, no los fariseos, es el buen pastor – que Jesús merece su confianza.



Una matiz interesante ocurre en esa historia cuando los fariseos interrogan a los padres del ciego, preguntándole cómo es que ahora puede ver (9:19). Los padres contestan, “Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego: Mas cómo vea ahora, no sabemos; ó quién le haya abierto los ojos, nosotros no lo sabemos; él tiene edad, preguntadle á él; él hablará de sí” (9:20-21). El narrador explica, “Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos: porque ya los judíos habían resuelto que si alguno confesase ser él el Mesías, fuese fuera de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle á él” (9:22-23). Es decir, estos padres actúan como un asalariado que “ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye” (10:12). Al encontrarse en peligro, abandonan a su hijo.



La prueba que estas metáforas son, realmente, una historia continua también aparece en vv. 19-21, donde se repiten dos de los temas mencionados anteriormente, la división de los judíos en cuanto a Jesús (9:16 y 10:19) y el significado de la curación como testimonio del poder de Dios que tiene Jesús (9:33 y 10:21).



Un problema sin resolver es que 7:2 dice que se acercaba la fiesta de Tabernáculos, y 10:22 dice, “Y se hacía la fiesta de la dedicación en Jerusalén.” Estas fiestas ocurren aproximadamente tres meses una de otra, y no está claro cuando cambia el tiempo en la historia.





















VERSÍCULOS 11-13: YO SOY EL BUEN PASTOR.



11Yo soy (griego: ego eimi) el buen (griego: kalos) pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas. 12Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye, y el lobo las arrebata, y esparce las ovejas.13Así que, el asalariado, huye, porque es asalariado, y no tiene cuidado de las ovejas.



“Yo soy (ego eimi) el buen pastor” (v. 11a). Ego eimi es una frase importante en este

Evangelio, que incluye numerosas frases de “Yo soy”:



− “Yo soy, que hablo” (4:26).

− “Yo soy el pan de vida” (6:35).

− “Yo soy el pan vivo” (6:51).

− “Yo soy la luz del mundo” (8:12; 9:5).

− “Antes que Abraham fuese, yo soy” (8:58).

− “Yo soy la puerta de las ovejas” (10:7).

− “Yo soy la puerta” (10:9).

− “Yo soy el buen pastor” (10:11).

− “Yo soy la resurrección y la vida” (11:25).

− “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (14:6).

− “Yo soy la vid verdadera” (15:1).



Ego eimi se puede comprender como lenguaje codificado que se refiere al encuentro de Moisés con Dios muchos siglos antes. En esa ocasión, cuando Moisés preguntó el nombre de Dios, Dios respondió, “Así dirás á los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado á vosotros” (Éxodo 3:14). En ese versículo, “YO SOY” es “ego eimi” en el Septuagésimo (la versión griega del Antiguo Testamento). También, en Isaías 40-55, Dios utiliza la frase, “Yo soy,” una y otra vez para referirse a si mismo. Es decir, ego eimi se puede considerar el nombre de Dios. Cuando Jesús utiliza ego eimi para referirse a si mismo, se está identificando sutilmente con Dios – como Dios.



“Las frases de ‘Yo soy’ forman el centro distintivo del lenguaje de revelación de Jesús en el Cuarto Evangelio… Por medio de estos símbolos comunes, Jesús declara que las necesidades religiosas y los deseos humanos de la gente se cumplen con él” (O’Day, 601).



“Yo soy el buen (kalos) pastor” (v. 11a). Barclay anota que existen dos palabras griegas para la palabra buen. La primera es agathos, que “simplemente describe la calidad moral de una cosa.” La segunda es kalos (utilizado en este versículo), “que significa que una cosa o una persona no es solo buena; pero que en su bondad existe una calidad cariñosa, amable, y atractiva, haciéndola algo maravilloso.” Barclay entonces compara la frase “el buen pastor” con “el buen doctor.” Cuando gente habla del buen doctor, “no solo se refiere a la eficacia y capacidad que tiene como doctor; también se refiere a la simpatía, la bondad, y la caridad que le acompañan, y que han hecho de él un amigo de todos. En la imagen de Jesús como el Buen Pastor hay belleza tanto como fuerza y poder” (Barclay, 71). Brown sugiere que “noble” sería una buena traducción para kalos en versículo 11, anotando que “kalos significa ‘bello’ en el sentido de un ideal o modelo de perfección; lo vimos utilizado en el ‘vino elegido’ de ii 10” (la historia de la boda de Cana) (Brown, 386).



“el buen pastor su vida da por las ovejas” (v. 11b). Esto nos hace pensar de David, el pastorcillo que mató un león y un oso defendiendo sus ovejas (1 Samuel 17:35-36). Seguro que algunos pastorcillos pierden su vida protegiendo sus ovejas de animales salvajes o de ladrones. Otros pierden el camino mientras buscan ovejas perdidas por la noche, resultando heridos o muertos. Ser un pastor no es para el flojo de corazón.

Pero Jesús va más allá. Un buen pastor se arriesga la vida protegiendo las ovejas, pero eso no es lo mismo que de dar la vida. El pastor que se arriesga por las ovejas no espera morir, sino vivir. A veces, un pastor morirá al encontrarse con animales o ladrones, pero la mayoría de ellos no. Gente involucrada en trabajos arriesgados generalmente piensa que será otra persona la que morirá. No piensa dar su propia vida, en vez, piensa que su enemigo será el que dé la suya.



También, un pastor que muere deja a sus ovejas indefensas, entonces, parecería que el buen pastor se refiere solo a un pastor vivo – o así parece. Jesús dice otra cosa. “El buen pastor su vida da por las ovejas” (v. 11b). Mientras que un buen pastor no se va al campo esperando morir, eso es lo que hará Jesús, obedeciendo al Padre (v. 18). Jesús vino al mundo para morir en la cruz, y es la muerte del Cordero de Dios que nos salva de la muerte (1:29; Apocalipsis 7:17) – o quizá deberíamos decir que la resurrección del Cordero – su victoria sobre la muerte – es lo que asegura nuestra victoria sobre la muerte. Su resurrección le reunirá de nuevo con sus discípulos. Al dejarles finalmente, no les deja desconsolados, en vez, les da el don del Consolador (14:25) y volverá para llevarles a un lugar que él les ha preparado (14:2). Éste no es un pastor “muerto y olvidado” – no es un Señor ausente.



Lincoln anota que los griegos tienen un concepto de una muerte noble (kalos). “Para ser digno de alabanza u honor, tal muerte ha de ser voluntaria y por el bien de los demás.” Entonces habla de los mártires macabeos, quienes en 164 a.C. derrocaron al rey seleucido, Antioco Epífanes, que había profanado el templo de Jerusalén e intentado reprimir la fe judía. “Se dice que los mártires macabeos murieron una muerte honorable porque murieron por sus hermanos o la nación, para poder salvarles” (Lincoln, 297).





“Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye, y el lobo las arrebata, y esparce las ovejas” (v. 12).



 Si hay tal cosa como un buen pastor, también ha de haber un mal pastor. Jesús no contrasta al buen pastor con un ladrón, sino con un asalariado – un mercenario cuya única preocupación es recibir su paga – que no siente afecto por las ovejas y que no siente ninguna responsabilidad por ellas – que ve el pastoreado, no como una llamada, sino solo como un trabajo – que corre del peligro, permitiendo que el lobo arrebate y esparza las ovejas. Tal hombre asalariado solo cuidará las ovejas hasta que reciba una oferta mejor. Si una oveja se aleja por la noche, fácilmente justificará haberse quedado con el rebaño en lugar de ir en busca de la oveja perdida. Si un león persigue las ovejas, el asalariado fácilmente justificará haber sacrificado un cordero para salvar al rebaño – y para salvarse a si mismo.



“Así que, el asalariado, huye, porque es asalariado, y no tiene cuidado de las ovejas” (v.



13). En un sentido, tener un asalariado como pastor es peor que no tener pastor. El asalariado da la ilusión de protección sin proteger verdaderamente. Si el dueño no tiene pastor, trabajará para buscar uno. Si tiene asalariado, el dueño estará más tranquilo, pensando que las ovejas están a salvo.



En una escala moral de uno a diez, el asalariado está en algún lugar en el medio. No pretende ser ni héroe ni villano, pero se convierte en villano a causa de lo que les ocurre a las ovejas bajo su cuidado. Falla al no reconocer (o quizá al no importarle) que su trabajo es importante – que es, literalmente, un trabajo que se trata de la vida o la muerte de las ovejas. Su indiferencia seguramente resulta en la muerte de ovejas bajo su cuidado. Su actitud es importante, porque hay vidas en juego.

Hay aquí una lección para nosotros. No basta con los ademanes de un cristiano. Cristo quiere más que recitaciones – quiere nuestros corazones. En las cartas a las siete iglesias, Jesús le advierte a la iglesia de Laodicea: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojala fueses frío, ó caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:15-16). La razón es simple. Cristo nos llama, de manera grande o pequeña, para proclamar las Buenas Noticias de la salvación que tenemos disponibles a través de él. La indiferencia es una maldad seria, porque hay vidas en juego.



Jesús toma la metáfora del buen y el mal pastor de Ezequiel 34, que habla de los pastores de Israel – líderes religiosos – “¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan á sí mismos! ¿No apacientan los pastores los rebaños? Coméis la leche, y os vestís de la lana: la gruesa degolláis, no apacentáis las ovejas” (34:2-3). Contrasta estos malos pastores con Dios, el verdadero pastor (34:11-31). El pasaje concluye con la promesa de Dios a Israel, “Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios, dice el Señor Jehová” (34:31).



Hoy existen buenos y malos pastores, ambos clérigos y laicos. La diferencia está en el corazón del pastor. El buen pastor se preocupa por la gente bajo su cuidado, sea una diócesis, una congregación, o unos cuantos niños en la escuela dominical. El buen pastor busca maneras de liderar fielmente, y a favor del bien – aunque sea frente oposición o peligro. Malos pastores se preocupan solo su propio bienestar. Un mal pastor puede predicar falsa doctrina – o preocuparse más por programas o campañas de construcción que por la gente – o involucrarse en un escándalo sexual – pero basta con que un pastor no se preocupe por sus ovejas. Afortunadamente, Cristo tiene muchos más buenos pastores que malos.





VERSÍCULOS 14-16: CONOZCO MIS OVEJAS Y LAS MÍAS ME CONOCEN

14Yo soy el buen pastor; y conozco (griego: ginosko) mis ovejas, y las mías me conocen. 15Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. 16También tengo otras ovejas que no son de este redil(griego: aules); aquéllas también me conviene (griego: dei – es necesario – una necesidad divina) traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño (griego: poimne), y un pastor (griego: poimen).





“Yo soy el buen pastor; y conozco (ginosko) mis ovejas, y las mías me conocen” (v. 14). En versículo 11, el buen pastor da su vida por las ovejas. En versículo 14, el buen pastor conoce (ginosko) las ovejas y las ovejas le conocen a él. Ginosko es más que un conocimiento superficial – requiere experiencia – relación. El Antiguo Testamento habla de un hombre que conoce a su esposa en el sentido de intimidad sexual, una relación que significa más que un acto físico. Cuando Jesús dice que el buen pastor conoce a las ovejas, no implica nada sexual, sin embargo, está hablando de una relación muy significante.



El pastor (Jesús) conoce las ovejas (la gente) porque él “fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (1:14). “El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual á Dios: Sin embargo, se anonadó á sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante á los hombres; Y hallado en la condición como hombre, se humilló á sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8). Jesús conoce a los suyos, porque ha vivido en nuestra piel y ha experimentado nuestras alegrías y tristezas.



Jesús dice que conoce a los suyos y que los suyos le conocen a él “Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre” (v. 15a). La unión de Padre e Hijo es un tema principal en este Evangelio:



─ “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (1:1).

─ Jesús les dice a los líderes judíos, “Yo y el Padre una cosa somos” (10:30).

─ Cuando los judíos rechazan a Jesús, les reta, “aunque á mí no creáis, creed á las obras; para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (10:38).



─ En su oración de alto sacerdocio, Jesús ora por los discípulos, “Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste” (17:21).



En versículos 14-15a, Jesús nos hace pensar de una intimidad todo-inclusiva que comienza con su relación con el Padre y se extiende a los que el Padre le ha concedido (17:6) y a todos “los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (17:20). Lo que Jesús describe, entonces, es una gran familia extendida que comienza con el Padre y, a través del amor del Hijo, acoge a todo creyente.



 “y pongo mi vida por las ovejas” (v. 15b). Jesús nos recuerda de nuevo que pone su vida por las ovejas, un tema que tomará de nuevo en versículo 17.





“También tengo otras ovejas que no son de este redil (aules); aquéllas también me conviene (dei) traer” (v. 16a). Un redil es un corral o lugar cercado donde viven las ovejas cuando no están pastando. Provee seguridad y fomenta un sentimiento de comunidad. Jesús dice que también traerá a estas ovejas, y que serán un rebaño, un pastor.



¿Quiénes son estas otras ovejas? Algunos eruditos han especulado que son otras comunidades judío-cristianas, pero “esta opinión es ambos innecesariamente anacrónica y desesperadamente especulativa” (Carson, 390). La mayoría de eruditos cree que Jesús se refiere a gentiles. Cuando Jesús dice, “tengo,” implica que estas ovejas ya le pertenecen, pero que aún tiene que traerlas al rebaño. Debe hacerlo (griego: dei – es necesario que lo haga).



“y oirán mi voz” (v. 16b). Antes Jesús dijo, “y las ovejas le siguen (al pastor), porque conocen su voz” (v. 4). Borchert, que vivió en Israel por mucho tiempo, relata dos incidentes que muestran esta verdad. En el primero, un pastor guió a sus ovejas por medio del ajetreo del tráfico en Jerusalén, cantando y silbando para mantener el rebaño unido. En el segundo, cuatro pastores compartían un rebaño. Por la mañana, cada pastor cantaba y llamaba a sus ovejas por turno, las que “obedientemente se separaban del rebaño más grande para seguirle a él a las colinas a pastar durante el día” (Borchert, 330).



Jesús concluye, “y habrá un rebaño (poimne), y un pastor” (poimen) (v. 16c). Brown sugiere que traduzcamos este “un rebaño, un pastor” de manera que preserva el sonido parecido de poimne y poimen en el original (Brown, 387). Hoy, las barreras que nos separan seguramente son a causa de nuestra denominación, nación, raza, educación, vocación, o financias. Estas barreras no son apropiadas entre cristianos. Cristo nos llama para ser “un rebaño” (v. 16).



Algunas traducciones anteriores tradujeron versículo 16b “un rebaño, un pastor,” pero esto es incorrecto. El griego claramente dice poimne (redil o rebaño) en lugar de aules (rebaño). Aquí Jesús habla de la iglesia, el pueblo de Dios. Es posible que todos nosotros no estemos acorralados en un redil, pero todos somos un rebaño.



VERSÍCULOS 17-18: TENGO OTRAS OVEJAS QUE NOS SON DE ESTE REDIL

17Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla á tomar.18Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla á tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla á tomar” (v. 17). Esto es difícil de comprender – ¿no ama el Padre a su Hijo porque es su Hijo? “En el cuarto Evangelio, ni el amor de Dios por el Hijo ni el amor de Jesús por sus discípulos es incondicional. Se funda clara y expresamente en la voluntad de los seres queridos para testificar su fe, dando sus vidas y confiando que serán recibidos de nuevo” (Howard-Brook, 241).

El Hijo pone su vida “para volverla á tomar” (v. 17). El Evangelio de Juan ve la cruz y la resurrección de manera diferente que en los sinópticos (Mateo, Marcos, y Lucas) y Hechos (también escrito por Lucas):



─ En los sinópticos, Dios es el que actúa. En Juan, el Hijo actúa obedeciendo al Padre, pero de su propia voluntad.



─ En los sinópticos, Jesús reza, “Abba, Padre, todas las cosas son á ti posibles: traspasa de mí este vaso; empero no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Marcos 14:36). En el Evangelio de Juan él mismo pone su vida – pero solo para tomarla de nuevo. En el Evangelio de Juan, la muerte, resurrección, y ascensión de Jesús constituyen un solo acto de salvación. Jesús no es un mártir renuente sino un salvador dispuesto a llevar a cabo el propósito por el que vino. No debemos ver su muerte “como un accidente del destino o… como una tragedia cometida por hombres mal guiados, sino como el plan del Padre” (Carson, 389). “El amor mutuo del Padre y el Hijo, entonces, fue visto como obra de amor por el mundo, en el que el Padre enamorado se dispuso a salvar a todos y el Hijo enamorado dio todo libremente” (Beasley-Murray, 171).



─ En los sinópticos y los Hechos, el énfasis está en Dios resucitando a Jesús de la muerte (Mateo 28:6-7; Marcos 16:6; Hechos 2:24, 32; 3:15, etcétera) pero, en el Evangelio de Juan, Jesús toma su vida de nuevo (v. 17). No solo la toma de nuevo, pero también hace posible nuestra resurrección – “Ninguno puede venir á mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (6:44).



“Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla á tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (v. 18). “Mientras que Pedro acusa al Sanedrín de matar a Jesús (Hechos 4:10) y, con Pablo y los demás apóstoles, afirma que Dios le levantó de la muerte (Hechos 2:32; 4:10b), el Jesús de Juan insiste que pone su vida por si mismo, y por su propia voluntad la vuelve a tomar” (Williamson, 121).



“En la costumbre de una muerte noble no solo es la muerte voluntaria, pero aquéllos que la sufren también se consideran no conquistados y triunfantes… En su muerte, Jesús no es el vencido sino el vencedor y por lo tanto, y contrario a evaluación normal, su crucifixión no es un caso de vergüenza o desgracia, sino una muerte noble y honorable” (Lincoln, 299).